VÍCTOR HUGO RASCÓN BANDA 

 

Víctor Hugo Rascón Banda nació en 1948, en Santa Rosa de Lima de Uruáchi, un pueblo minero de la sierra de Chihuahua. Es hijo de Epigmenio Rascón, quien trabajó en el Ministerio Público, y de Rafaela Banda, secretaria de un juzgado. Desde que nació vivió rodeado de criminales, adúlteros y suicidas, a quienes veía en el Ministerio Público de su padre, que estaba situado arriba de su casa, mientras hacia sus tareas escolares. Lugar donde descubrió el bien y el mal, la verdad y la mentira, la justicia e injusticia, el escenario teatral del mundo que resurge en su obra. 

‘Victorio’ o ‘Guitas’, como le decían de pequeño, siempre obtenía 10 en sus calificaciones, le gustaba mucho rezar en la iglesia del pueblo, por lo que su tío Manuel lo llamaba “el sacristán”. Sus padres lo iban a mandar a un seminario al terminar la primaria, “pero llegó antes la avioneta que iba para la secundaria de la Normal Comunista de Chihuahua, semillero de guerrilleros, y no fui sacerdote…” para el bien de la literatura. 

 

¿Qué recuerdos tiene de su infancia en Uruáchi y del paisaje de este lugar? 

Mis primeras imágenes de la infancia son montañas, sierras nevadas, ríos, puentes techados de madera tipo japonés sobre los ríos, donde los niños jugábamos, los adultos fumaban y las parejas noviaban… Uruáchi es un pueblo minero abandonado, un pueblo fantasma como todos los que hay en la barranca del Cobre. Fue fundado por mis antepasados hace 300 años que llegaron de Cantabria, España, eran exploradores de minas, aventureros, soñadores y fundaron pueblos por Sonora, Chihuahua y Sinaloa. 

Son lugares con trazas de aldeas castellanas, las casas y las calles que se conservan parecen aldeas españolas por los balcones de geranios, los techos de dos aguas y calles serpenteantes al lado de los ríos. Estos pueblos son pequeños valles en medio de montañas, llenos de energía y de minerales que provocan conductas extrañas, la sexualidad se vive a corta edad porque hay un magnetismo especial que seduce a los visitantes. 

En Semana Santa llevé a un grupo de cineastas que van a hacer una película basada en mi obraContrabando, y el equipo de producción quedó seducido por los colores de los cerros: azules, rosas, amarillos, verdes y abajo, donde están los pueblos, hay un clima tropical con guayabos, aguacate, mango y cítricos, pero apenas sube uno los cerros y encuentra un clima frío de montaña con pinos, abetos y encinos. 

Uruáchi sigue estando incomunicado; en los años 50, cuando yo era niño, sólo llegaban las avionetas. Recuerdo que yo viaje a la ciudad de Chihuahua alguna vez por tierra y se hacía un recorrido de tres días: un día a caballo hasta un aserradero donde se dormía; otro día en una troca que llevaba los árboles cortados hasta San Juanito, y un día más ahí, esperando el tren que venía de Sinaloa o de Madera. 

Actualmente existe una rústica brecha, se hacen 12 horas en camioneta, pero eso ha permitido que se conserven tradiciones, leyes, formas de ser, lenguajes, acentos, música. Tenemos a ‘Los únicos’, una banda de música que se asemeja a las de Sinaloa, como la del ‘Limón’ o la del ‘Recodo’ que dio origen a todas las bandas. ‘Los únicos’ acaban de grabar su primer disco, el cual espero que circule porque es un conjunto muy bueno. 

Ahora toda esa zona es un centro de narcotráfico, los narcotraficantes de Sinaloa emigraron a Chihuahua y a Durango, y es otro el paisaje: las barrancas están sembradas de amapola y de marihuana, y no hay violencia porque son cultivos menores, no son grandes narcotraficantes, pero es la ausencia de los minerales, de la agricultura y la ganadería lo que hace que la gente se dedique a esto… 

 

Usted adquirió el hábito de la lectura por imitación, viendo leer a sus abuelos y a su madre, ¿qué le contaban de sus lecturas al niño en aquel entonces? 

No nos la compartían porque eran lecturas de adulto, lo que hacíamos los niños era ir a los baúles que se escondían en el tejabán (azotea cubierta que es como un desván) para buscar esas lecturas. Mis abuelos intentaron darme libros que rechacé, como Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, el cual se me hacía lo más aburrido del mundo, y El viejo y el mar de Ernest Heminway, ¡cómo me aburrí leyendo a ese viejo que está en medio del océano y no pesca nada!, o El Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, que como todo niño rechacé porque era imposible leer las aventuras de un viejo loco que se creía caballero. 

Sin embargo, en esos viejos arcones encontré literatura prohibida, libros pornográficos que llegaban de España, Argentina y Estados Unidos. Recuerdo títulos como Con un cheque se entra al cielo, Las insaciables y Tómame entera, que eran pornografía pura, libros eróticos que circulaban en los años 30 y 40. 

Era lo que leíamos a escondidas, jamás creímos que existiera Julio Verne y esas novelas que formaron a los grandes escritores del mundo. Estas obras las leí ya adulto, por curiosidad, cuando noté que tenía ese vacío de no haber leído novelas de aventura, los cuentos de terror de Enrique Anderson o las Fábulas de Esopo

 

¿Nunca lo “cacharon” sus papás leyendo esos libros que tomaba de los viejos arcones? 

No, me descubrió un predicador evangelista que un día me observó leyendo esos libros en un puente, me los tiró al río, fue a su casa y me trajo una colección de libros condensados en la revista ‘SeleccionesReader´s Digest donde descubrí la buena literatura, como la novela La buena tierra, de Pearl S. Buck. Sé que es una aberración literaria condensar un libro porque se quita la esencia y es una violación al derecho del autor, pero para mí fueron un acceso a la lectura.  

Era descubrir mundos maravillosos, historias de amor en lugares exóticos como China, en donde los mineros me habían dicho que si escarbaban la mina hasta grandes profundidades llegaban a China… ¿Cómo sería China? ¿Cómo serían los chinos? No los conocía porque no había televisión ni radio, y descubrirlos a través de esta literatura cuando tendría nueve años fue excepcional, ese es mi ingreso a la literatura. 

 

¿Cambió su percepción del mundo? 

Este universo para un niño que empieza a leer es impresionante. No sabíamos que había cine, no conocíamos las películas de Walt Disney, era tan extraño nuestro mundo y así creíamos que era el resto del mundo, al grado que cierta vez en el radio escuchamos una pelea entre el ‘ratón Macías’ y el ‘pajarito Moreno’ transmitida desde Nueva York, y yo le pregunté a mi abuelo ¡qué era el box y quiénes eran esos personajes!, y me dijo: ‘Es un ratón y un pajarito que están dentro de una jaula, los echan a pelear y hay apuestas…’ 

Estaba convencido de eso, ¿no creo que haya sido broma, verdad?, creí que el ‘pajarito’ Moreno y el ‘ratón Macías’ eran realmente animales que la gente ponía a pelar en un juego de apuestas. 

En mi pueblo no había medios de comunicación, salvo una revista de Moscú llamada “Boletín de información de la Embajada de la URSS”, que llegaba a la sierra y a los países de Latinoamérica, donde se mostraban los logros del socialismo: el Plan Quinquenal, el Kremlin de Moscú, la perrita Laica, el primer ser vivo en el espacio en 1957, las grandes presas. Era una revista de penetración ideológica donde nos presentaban un mundo ideal. 

Mis abuelos las leían, las maestras en la escuela nos las daban para recortar los helicópteros, los aviones, los paisajes, ahí supe que existía Turquestán, Siberia y todos esos lugares que ahora están en conflicto, eran parte de las repúblicas socialistas y las presentaban como lugares maravillosos con fotografías de su vestuario, su gente, todos felices trabajando en fábricas, recogiendo cerezas… 

Cuando salí de la primaria, mis padres me mandaron en una avioneta a estudiar a la secundaria a Chihuahua, me fui a vivir a la casa de unos tíos. Entré en una normal comunista que tenía una secundaria anexa para adoctrinarnos. Ahí llegué a conocer lo que era una ciudad, lo que eran los coches, las butacas, etc. 

 

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha 

El Quijote, tras un funesto combate que tuvo con un caballero llamado Sansón Carrasco dijo: “Cada uno es artífice de su ventura. Yo lo he sido de la mía, pero no con la prudencia necesaria, y así, me han salido al gallarín mis presunciones; pues debiera pensar al poderoso grandor del de la Blanca Luna no podía resistir la flaqueza de Rocinante”. Ésta es una sentencia que caracteriza el actuar del ser humano en todas sus acciones, en su literatura, en el arte.  

 

¿Por qué al niño Víctor Hugo no le gustó leer “El Quijote”? 

No, jamás y ni en la secundaria lo pude entender, recuerdo que nos pusieron a sintetizar todos los capítulos en libretas para comprobar que lo leíamos, por supuesto que hacíamos trampa y copiábamos un pedacito y otro, pero eso no era síntesis. Creo que los niños no tienen la madurez de entender eso y uno hace que odien El Quijote. 

El año pasado, con los festejos de la obra me propuse leerlo y descubrí la grandeza de Cervantes, la obra magna. Para mí La Biblia era el libro máximo, siempre encontraba un nuevo significado, pero cuando leí El Quijote comprendí que es insuperable, no hay otro libro tan completo y tan complejo, que da lugar a tantos géneros y niveles de lectura. 

 

¿En qué consiste esa grandeza y esos niveles? 

En la construcción del mundo, primero hay que verlo en la forma en el manejo del lenguaje, en un español que se hablaba, y que no estaba registrado en una obra magna, desde ahí nos descubre giros reconocibles porque en las sierras y en las barrancas se sigue hablando todavía como en El Quijote: ‘ancina’, ‘gora’, y una serie de dichos y refranes que se siguen repitiendo. Es el lenguaje que nos dejaron los españoles que llegaron en la Conquista, lenguaje que se estaba formando con todo y sus incorrecciones; en cambio en la ciudad se ha perdido éste lenguaje de Cervantes. 

A mí me sorprendían las frases cotidianas que escuchaba de mis paisanos y resulta que son de Cervantes y de otra época. No sé si fue intencional o no en Cervantes el construir esos dos mundos: el idealismo del Quijote, ésta figura que ha sido tan interpretada, no sé si fue consciente de lo que estaba haciendo a través de este supuesto loco que empieza a confundir el mundo y el ‘otro’; Sancho Panza, que es el que te pisa la tierra, te arrastra a lo concreto y a lo material. Todos somos Quijotes pero la mayoría somos Sanchos Panza…

[DIRECTUM TSJCDMX Jul – Agt 2016]

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