EMMANUEL CAMPOS 

 

Cae la noche un sábado de junio. Afuera el cielo ya no se ve y el aire se limpia bastante. Adentro una capilla ardiente improvisada en una estancia de dos por dos metros, mal iluminada por cirios y un foco grasiento que remata el reflejo de sus 70 watts en un pequeño féretro. 

En él yace Diego, 17 años; quienes lo conocimos podemos asegurar que no cabía en esa caja, cubierto por una sábana que no es blanca, la frente toda con un pañuelo del mismo tono amarillento. 

José, su padre, me dice que es porque el último tiro se lo dieron ahí, justo arriba del ojo derecho: “Una 9 milímetros, el primero en la pierna, luego en la panza, con ese ya estaba muerto, pero le dieron otro en la cabeza los hijos de la chingada”. 

Al internarse entre los dolientes, el olor a solventes, mariguana y flores rancias no es suficiente para disimular el del café con alcohol que doña Carmela, la abuela, reparte a la entrada. 

Afuera hay gente armada, ninguno con más de 25 años, hay más en la esquina y otros tantos a la mitad de la calle, es, me cuenta uno de ellos, una especie de operativo para que no llegue nadie que no tiene que llegar. Todos –me dice otro- son ’18’, todos igual que Diego venden dosis de cocaína y mariguana, todos pueden morir igual si no entregan su cuenta el día que les toque. 

Teresa, la mamá, no está. Se escucha a sus hijas decir que aún está en el “MP” pero no saben si detenida o haciendo trámites. Ella fue la que escuchó los disparos, ella fue la que sacó un revólver de su casa y salió a disparar sin saber hacerlo, fue también a quien los patrulleros encontraron, cuando llegaron al lugar, tendida sobre el cuerpo de su hijo con la pistola en la mano, así nomás, inmóvil, sin llorar. Una parte de ella también murió. 

Se escucha llegar una camioneta: todos ven los faros apagarse a 10 metros de la casa y se ponen alerta, se siente miedo; uno de los chicos saca su arma y se desliza pecho tierra debajo de un coche, es a quien veo, imagino que otros hacen lo mismo, las mujeres cierran la puerta y las ventanas, apagan cirios y el foco grasiento. Los que quedamos afuera no atinamos a nada, correr o escondernos es imposible, flanqueados de ambos lados por muchachos drogados con pistolas. Petrificado, escucho abrirse una puerta de la camioneta, espero un disparo y los muchos que siguen. Cierro los ojos. Se oye un grito -es el mariachi-. En menos de un minuto, puerta y ventanas están abiertas, los cirios y el foco encendidos, las armas regresan a las ropas de donde salieron. Lo que no regresa es mi calma. Me ofrecen una silla y bebo el café con alcohol, pausado, y espero el momento justo para irme entre canción y canción, de ese lugar de Iztapalapa.

 

[DIRECTUM TSJCDMX Jul – Agt 2016]

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