“Quitada la argolla de hierro de la garganta, y preguntando si quiere decir algo, dijo que la verdad se ha dicho…” Estas fueron algunas de las palabras que lograron extraer de la boca de Luis Carabajal, quien padeció junto con toda su familia juicio y sentencia por parte del Santo Oficio, bajo la observación de seguir la Ley antigua de Moisés.

     La constitución de este Tribunal, expandido por Europa, tuvo como objetivo la vigilancia sobre el culto religioso, las prácticas que se salían del catolicismo eran investigadas con severidad. Sus inicios datan del siglo XII, sin embargo, en España se instituye con los Reyes Católicos en el siglo XV; en la entonces Nueva España la práctica de éste Tribunal no fue tan rigurosa, Fray Martín Valencia era franciscano y se le designa como inquisidor apostólico, pese a que los dominicos llevaron a cabo este ejercicio. El primer proceso formal llevado a cabo en México, fue a un indio bautizado con el nombre de Carlos, señor principal de Texcoco, nieto de Nezahualcóyotl, la acusación consistió en practicar sacrificios a sus dioses, y fue llevada por Juan de Zumárraga.

     Las sentencias varían en números, el Archivo General de la Nación resguarda documentos que dan testimonio de los juicios llevados a cabo, acusaciones que van desde el culto a otras religiones hasta la hechicería. Sobre la tortura, el ingenio parece ser algo que mantuvo ocupara la perturbadora mente de muchas personas, desde “La pera”, hasta “La hoguera”, la lista de instrumentos y prácticas no deja de sorprender, de ellos no se escatima, en algunas narraciones, sobre la descripción a la hora de implementarse tal o cual: repeticiones, vueltas, cantidad de agua, etc. El caso de la familia Carabajal o Carbajal -aparece de forma alternada-, ha sido un caso bastante referido, comentado y contado.

     Esta relación retrata el periplo por el que varios integrantes de la familia Carabajal pasaron para terminar en ceniza. La Playa Mayor de México fue parte de los escenarios en los que Vicente Riva Palacio ubica la narración, cada lugar está teñido de desesperación y sufrimiento, de un ceño de escrutinio constante de los juzgadores, que no cede a lo largo de tres capítulos. Acusaciones y seguimientos en cadena, en los que el hijo delata al padre, el padre a la madre, la madre a la hermana, como una especie de purga o castigo de estirpe.

     No bastarán los tormentos y los gritos para confesar de más, la imaginación tendrá que ayudar; los cuerpos exprimidos y desnudos de los familiares parecen ser preparados únicamente, se toma sentencia por perdón, y el Dios benevolente desaparece tras la túnica, entre los testigos que participaron en este acontecimiento.

 

Por Max Chá

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