Desde el Primer Círculo de RENÉ GONZÁLEZ DE LA VEGA

 

Iris Murdoch, en su The Sovereingnty of Good, defiende el uso de las metáforas dentro del discurso filosófico diciendo que éstas no sólo son permisibles sino que son, hasta cierto grado, necesarias.

Cuando las metáforas son entendidas en un sentido ‘figurado’ y no en un sentido literal, suelen brindar luz a nuestro argumento en vez de opacarlo. Como cuando Mario, el personaje principal de Ardiente Paciencia2 de Antonio Skármeta, le dice a Neruda que la sonrisa de Beatriz (su amor platónico) es como una mariposa. Si esta expresión es tomada literalmente nos llevaría a pensar que Beatriz es una mujer deforme que no merecería la atención de Mario. Sin embargo, cuando la entendemos en sentido figurado, la metáfora describe una encantadora y juguetona sonrisa difícil de resistir.

Las metáforas tomadas de esta forma, como extensiones del pensamiento, pueden satisfacer las necesidades de un orador cuando éste ha topado con los límites del lenguaje descriptivo. Las metáforas deben entenderse como complementos lingüísticos y como recursos epistémicos, y no como decoraciones superfluas del pensamiento.

A estas alturas, ya casi todos están familiarizados con la distinción clásica entre el Derecho de la literatura, el Derecho como literatura y el Derecho en la literatura. Las tres perspectivas, aunque se ocupan de cuestiones completamente distintas, abogan por la importancia de vincular al Derecho con la literatura y a la literatura con el Derecho. La primera de ellas, como sabemos, habla sobre cómo el Derecho resguarda los derechos de autor y cómo se protegen las obras literarias desde el sistema jurídico; en la actualidad, se encarga de regular la difusión literaria por Internet, y el problema de las redes de comunicación. La segunda perspectiva, en cambio, es la adoptada por autores como Ronald Dworkin, que sostienen que el Derecho es como una obra literaria que se va escribiendo poco a poco y en la que todos los jueces participan. Cada sentencia, cada fallo, y cada ley, son partes de un capítulo o capítulos completos. La labor judicial y del abogado en general, está en conocer esa gran novela. Todo buen abogado, a manera de crítico literario, debe conocer las normas explícitas y reconocer las implícitas; las que guardan coherencia con la historia jurídica.

Pero no me voy a referir a ninguna de estas dos perspectivas en este texto. La perspectiva que me interesa ahora es aquella que se ocupa del Derecho en la literatura. Esa clase de perspectiva que filósofos como Francois Ost han desarrollado y estudiado.

¿En qué consiste esta perspectiva? Y ¿cuál es el papel que le otorga a la literatura dentro del pensamiento jurídico?

Para autores como Ost, las teorías del Derecho que han dominado el panorama jurídico del siglo XX, respondían a una imagen del mundo destruido y sumergido en las calamidades del hombre. Kelsen, Hart y Ross, entre otros, escribieron sus obras en medio del conflicto. Su pensamiento era producto de una historia específica, sus conclusiones respondían a esa imagen de un mundo sometido a los caprichos de un hombre o a las tiránicas imposiciones de sistema político corrupto.

Por ello, las teorías del Derecho más reconocidas en el mundo de la filosofía abogaban por el orden y la estabilidad. Un orden dentro del sistema político de un Estado, que organizará las estructuras internas y configurará una imagen fuerte de soberanía. Abogaban por una separación de Poderes tajante y una distribución de competencias y facultades estrictamente jerarquizada.

Una soberanía que estableciera fronteras territoriales netamente delimitadas que protegieran del exterior y establecieran el interior de un Estado. Y dibujaban un sistema jurídico construido bajo una lógica de jerarquías conceptuales y normativas, las cuales se debían poder subsumir las de menor jerarquía a las de mayor jerarquía. Estableciendo un criterio de deducción lógico normativa perfectamente previsible, construido bajo principios como el de identidad (A=A) y de diferencia (A no es ~A), generalizando un rigorista sistema binario de pertenencia y no pertenencia.

En breve, son teorías que representan los intereses sociales y sus criterios de legitimación y validez a través de una figura geométrica: la pirámide. Símbolo geométrico que representa la jerarquización y la subsunción de menor a mayor.

La teoría del derecho de Ost en particular, pretende rebasar esta perspectiva. Cambiar de paradigma, en tanto que el mundo también ha cambiado. Su crítica no va dirigida a las fallas de estas teorías, tampoco intenta decir que sean deficientes. Su propósito es el de reflexionar sobre el mundo en el que vivimos ahora. Hacernos ver que esas representaciones sobre el Derecho y el Estado ya no son válidas y, en consecuencia, al leer nuestra realidad a través de esta clase de teorías estamos usando los anteojos incorrectos.

Si bien la teoría del Derecho pretende ser universal en algún sentido, muchos filósofos contemporáneos, como es el caso de Francois Ost, pero también de otros filósofos como Martha Nussbaum o Amartya Sen, reclaman que estas también deben nutrirse de experiencias contextualizadas. La teoría del Derecho de Kelsen, pretendía universalidad conceptual, pero el mundo cambia, y con él, deben cambiar nuestras teorías. Al menos, este es el caso de las ciencias sociales y de las humanidades.

Si seguimos la línea genealógica de la filosofía o el caudal de la historia de las ideas, veremos que está estructurada por preguntas centrales, las cuales regularmente no cambian. Lo que sí cambia, con regularidad, son las respuestas a esas preguntas. El cambio de respuestas se puede deber a una posible evolución moral, racional o cognitiva del hombre.

Empero, preguntas como: ¿qué es justo?, ¿cómo debo vivir mi vida?, ¿qué justifica la autoridad?, ¿qué valores nos rigen?, ¿qué es el Derecho?, ¿qué es la justicia?, son permanentes y a ellas se les ha dado diversas respuestas. Con esto no quiero implicar una boba defensa del relativismo. Lo único que quiero implicar con esto es lo que filósofos como Bernard Williams han denominado como “relativismo a distancia”. Es decir, que las respuestas a estas grandes preguntas han sido contestadas de manera diferente en distintas épocas de la historia, por razones propias de cada momento histórico. Defender esta cuestión no implica defender un relativismo cognitivo en cuanto a la “verdad”, ni un relativismo que niegue la posibilidad de una moral objetiva.

Lo que implica es que las teorías del Derecho de estos autores son representaciones de respuestas a esas grandes preguntas, pero nada más y nada menos. Pero como sostienen autores tipo Ost y Williams, el mundo cambia y con él deben cambiar nuestras respuestas ante los problemas centrales.

La soberanía estatal ya no es tan rígida como lo era antes, las fronteras son porosas, las relaciones internacionales y la globalización modifican y unen al mundo. Requerimos de nuevas respuestas que nos provean con distintas herramientas para comprender, modificar e interactuar en el mundo.

Es aquí donde se ubica la importancia que esta perspectiva sobre el Derecho y la literatura le otorga a la relación. Francois Ost piensa que la literatura es un reflejo de lo que sucede en el mundo. Le otorga a la literatura el poderoso papel que tiene un espejo; su reflejo puede ser lo suficientemente fiel, tanto que es capaz de brindarnos pistas sobre cómo se configuraba la sociedad, la vida y la razón pública en determinadas épocas históricas. Sólo basta saber leerlo.

Por ejemplo, Víctor Hugo no fue sólo un novelista. No fue un hombre que haya dedicado sus páginas a historias imaginadas y a relatos fantásticos con el propósito de entretener a un mundo burgués y aristocrático de la Francia del siglo

XIX.

Víctor Hugo, por el contrario, criticaba el sistema coercitivo; lo dibujó como un sistema injusto e inequitativo. A través de su obra criticaba la perspectiva del optimismo ilustrado y la imagen del progreso a expensas de una mano de obra barata.

Su obra está plagada de dilemas que nos hacen ver la tragedia del mundo en el que vivimos: Jean Valjean, tironeado por el deseo de salvar la vida de su amigo atrapado abajo de una carreta a riesgo de ser identificado por Javert. La imagen de una vida rodeada de dilemas, como la de Valjean, es una crítica catapultada desde el romanticismo que le pega en la sien a la ilustración; incluso en nuestros días.

En el Último día de un condenado a muerte, que se ha considerado una especie de sátira sobre la vida trágica, Hugo no sólo dibuja los contornos de la conciencia de un hombre que está a punto de morir, su desilusión y su ira escondida pero latente, sino que pretende ir más allá. Participar en la deliberación pública sobre una práctica que le parece primitiva, indignante, salvaje e indolente. Su obra quiere formar parte de lo que hoy llamamos razón pública y no ser mero entretenimiento; por el contrario, es reclamo, es angustia y participación, todas sumergidas y encapsuladas en las páginas de una obra literaria.

Al leer a los rusos sucede lo mismo. Tolstói, Pushkin, Gógol, Dostoievski, Chéjov, son autores que dibujaban personajes dramáticos como sus propias vidas.

Pushkin, el fundador de esta corriente, murió en un duelo. El resto, o murieron en la cárcel o de enfermedades por el frío y el hambre. En su mayoría, estos autores fueron víctimas de la zozobra intelectual, de la pobreza extrema y de los abusos de poder. Sus obras, por ello, enmarcan el diálogo que las personas sostienen con su propio destino; un destino representado por la injusticia absoluta; una injusticia que viene por todos lados: por parte del Estado, por parte de la naturaleza, por parte de la humanidad, incluso, por esa falsa esperanza que nos brinda la idea de la felicidad.

Tolstói no tarda ni una línea para afirmar que “las familias felices no tienen historia como la tienen las familias desgraciadas” en Ana Karénina; esta es también la imagen que representa en “Tres muertes”, relato que comienza con dos muertes y el paso de unos zapatos a otros pies: “alguien debe morir para que otro camine mejor”.

Vistas de esta manera, las obras literarias, desde la Biblia hasta Kafka, son representaciones del mundo en el que se producen. No son únicamente productos de una imaginación librada de sí misma, austera y desarraigada. Por el contrario, son imágenes del mundo en el que se produjeron. Son el reflejo del mundo al que pertenecieron.

Si aceptamos esto, entonces, la literatura no es únicamente divertimento, o arte abstracto, sino que es un escenario más de la razón práctica. Es un laboratorio de exploración moral, ética y jurídica, que debe ser tomada en cuenta dentro de nuestras deliberaciones y que enriquece el razonamiento práctico.

De la misma forma en que para Iris Murdoch, su obra literaria (sus novelas) era el laboratorio experimental perfecto para poner en práctica sus tesis filosóficas de fondo; sus concepciones sobre el “bien” y el “mal”, sobre lo “justo” y lo “injusto”, autores como Ost sostienen que la literatura es un calidoscopio que utilizando los mismos elementos de siempre --la justicia, la moral, el derecho, la ética-- logra configurar diferentes formas y estructuras. La literatura, además, tiene la facilidad de presentar estos elementos como siempre mutantes y flexibles, dándole una ventaja frente a las establecidas estructuras formales del Derecho y la política.

Esta facilidad hace de la literatura un laboratorio perfecto. Sus dúctiles figuras sirven para explorar nuevas alternativas y dar respuestas distintas a las mismas preguntas filosóficas que han sido perennemente establecidas.

Por ello, la literatura deja de ser únicamente una obra de arte para convertirse en una metáfora de un mundo. En una extensión del pensamiento que requiere de interpretación y de un ejercicio de traducción que nos explique el pensamiento de ese “ahí” y de ese “ahora”.

Si el Derecho ha cambiado de paradigma, luego entonces debemos cambiar nuestros recursos epistémicos para comprenderlo, conceptualizarlo y justificarlo. Estos recursos ya no se pueden ubicar únicamente bajo el panorama de una filosofía monolítica y jerarquizada, sino en la interdisciplinariedad, en la diversidad de perspectivas teóricas, en la multiplicación de métodos y en la pluralidad conceptual.

 

[DIRECTUM TSJCDMX DIC 2015 - ENE 2016]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *