VICTOR HUGO RASCÓN BANDA / entrevista de Luz García Martínez

 

 Vicente Leñero lo considera el dramaturgo más versátil de su generación. ¿Cómo conoce al escritor?, ¿ya había leído sus libros?

Sabía quién era Vicente Leñero por sus películas y sus novelas. En los años 70 fundé en la Facultad de Derecho de la UNAM, un grupo de teatro que montaba obras jurídicas: derecho romano, derecho civil y derecho penal. Un día, el rector Guillermo Soberón mandó al maestro Héctor Azar, a Enrique González Casanova y a otros ilustres a valuar nuestro trabajo para hacerlo película y poder regalar a las universidades nuestros cursos de derecho a través del teatro, por supuesto que todos dictaminaron en contra y el maestro Héctor Azar muy amable pasó a saludar a los actores y a mí.

También sabía quién era él, había visto sus obras, especialmente Inmaculada, que me pareció genial. Entonces me dijo: “El próximo año abriré un centro de arte dramático en Coyoacán, lee los periódicos, que tus muchachos estudien actuación, tú estudia dirección o dramaturgia, te puedo dar una beca”. Al año siguiente en Excélsior apareció el aviso “Seminario de Creación Dramática impartido por Vicente Leñero”, convocaba el maestro Héctor Azar y al presentarme me dijeron: ‘ya se cerró el cupo, sólo son diez alumnos’.

Intenté hablar con Héctor Azar, y su secretario Nacho Orozco nunca me dejó verlo, hasta que un compañero de Derecho, que estudiaba actuación con el maestro, me dijo: “El sábado, en el Cabaret de avenida Chapultepec va a actuar Susy Robles y otras que estudian con nosotros aquí, le dedican al grupo la función, es el show de vedettes famosas como Rosy Mendoza, acércate y dile quién eres, que no te dejan verlo y que el taller empieza el lunes”. Así me presenté y le dije: ‘Maestro, “yo soy aquel” –era la canción de Raphael en aquél año- usted me invitó y no me dejan verlo, usted me dijo que me iba a becar’; pero Héctor Azar respondió: ‘Ya no hay cupo, y menos becado, ya di las becas’.

 

¿Qué hizo ante esta situación?

Me fui a trabajar el siguiente lunes al CONACyT donde era abogado, y a las nueve de la mañana llamó el famoso secretario Nacho Orozco y dijo: “Acaba de cancelarse una inscripción del taller de Leñero y usted va a ocupar su lugar. Hoy a las cinco de la tarde empieza el curso, llegue a las 4:30 para que pague”.

Entonces fui, pagué mi cuota y me presenté al taller donde conocí a Ramírez Heredia, Jesús González Ávila, Sabina Berman, Leonor Azcárate, Chucho González y otros compañeros de mi generación. Al llegar Vicente Leñero preguntó quién iba a leer y yo, muy valiente respondí: ‘Maestro, ¿quién va a leer qué?, pagamos porque usted nos viniera a enseñar teatro’. Y él dijo: ‘No, esto es un seminario, cada quien debe traer una obra, se rifan y cada lunes se lee una, se discute y ya, eso es todo. Bueno, hasta luego, que les devuelvan el dinero’.

Todos nos quedamos asombrados, le pedimos que no se fuera y volvió a preguntar quién llevaría algo para el lunes. Chucho González dijo que llevaría Polo Pelota Amarilla, una obra que ya había ganado un premio, y Vicente señaló que ésta ya se había montado y la obra tenía que “ser nueva, para discutirla”.

Entonces dije: ‘Yo traigo una’ y sin tener ni una línea, sin saber nada de teatro, de sus géneros, estilos y estructura dramática, salí del taller, tomé el trolebús de Universidad, me bajé en la Casa del Libro, compré una libreta y afuera, en la banqueta me puse a escribir Voces en el umbral (1977), cómo lo hace cualquiera por vez primera, con sus sueños, sus recuerdos, sus vivencias. Después me fui a la casa de huéspedes donde vivía en la colonia Narvarte y en dos días hice 27 cuartillas y el lunes siguiente leí esta obra entrañable para mí, porque fue mi ingreso al teatro.

 

¿Cuál fue la opinión de Vicente Leñero y de sus compañeros?

El grupo la rechazó, un compañero dijo: ‘dos ancianas no pueden ser niñas y jóvenes’ y Leñero señaló: ‘ese es problema de las actrices, no del autor’; otro agregó: ‘un barco no se puede convertir en vagón de mina, en carreta, en féretro y todo en el escenario a la vista del público’, ‘ese es problema del escenógrafo no del dramaturgo’, respondió Leñero. Y una compañera expresó: ‘Pues la obra está mal porque está prohibido a las mujeres la entrada a las minas y, aquí, la mujer entra y eso no se permite’, entonces yo contesté: pues aquí, ésta mujer entró, por eso la mina se derrumbó y el pueblo desapareció, por la mala suerte’.

Y si bien a nadie le gustó la obra, al maestro sí, y le pregunté qué hacía con mi trabajo; recuerdo que había dos carteles pegados para las convocatorias Tirso de Molina en España y Rodolfo Usigli en la SOGEM, entonces Leñero dijo: ‘Mira, es un concurso, mándala’. Y así fotocopié mi trabajo, lo mandé y para mi sorpresa en la convocatoria de la SOGEM obtuvo mención de honor, y en España fue finalista en un premio internacional, ¡mi primer bodrio!

Así fue como conocí a Vicente Leñero y me sedujo, yo pensé: ¡Éste hombre es un genio! Él ha sido mi maestro, mi guía, mi hermano mayor, yo estoy aquí en la SOGEM porque él me invitó a competir cuando vio los problemas financieros y jurídicos que había, le debo mucho, incluso en cosas de otro tipo…

 

Respecto a las influencias literarias de Vicente Leñero, ¿cuáles son éstas?

Más que influencias literarias son actitudes, él tiene una actitud abierta frente al teatro, todo es teatro si se tiene la intención de que lo sea. Yo tomé el juicio de Goyo Cárdenas que Leñero me regaló y lo hice teatro; tomé el expediente de una mujer tarahumara en Kansas, City, que estuvo encerrada en un hospital psiquiátrico 20 años por error, y lo hice teatro en la obra La mujer que cayó del cielo; ya la rescatamos, está en Chihuahua. Esa actitud de que todo puede ser teatro y la libertad total a la hora de escribir, nada de géneros, estilos, simplemente resolver un conflicto dramático, eso lo aprendí de él.

Leñero tiene un rigor absoluto de la obra a construir: debe haber una acción dramática, una propuesta dramatúrgica que innove con los silencios, con los espacios, romper con ellos. Uno no puede escribir una obra semejante en propuesta dramatúrgica, tiene que romper con la siguiente obra y no irse repitiendo con hallazgos que ya encontró.

También coincido con él en la temática, cada quien puede hablar de lo que le dé la gana: de sí mismos, de su sexo, de sus relaciones de pareja; a mí siempre me han llamado los temas de interés general, de las minorías, de los indocumentados, de los grupos marginales, de los narcotraficantes que es un fenómeno que me ha llegado al corazón.

[DIRECTUM TSJCDMX Nov – Dic  2016]

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