TEODORO GONZÁLEZ DE LEÓN / entrevista de Luz García Martínez

 

En el libro “Mensaje a los Estudiantes de Arquitectura”, el arquitecto francés de origen suizo Charles Edouard Jeanneret, llamado Le Corbusier (1887-1965), el más conocido de los grandes arquitectos forjadores de la contemporánea renovación de la arquitectura, señala: “La arquitectura se camina, se recorre y no es de manera alguna, como ciertas enseñanzas, esa ilusión totalmente gráfica organizada alrededor de un punto central abstracto que pretende ser hombre, un hombre quimérico munido de un ojo de mosca, y cuya visión sería simultáneamente circular. Este hombre no existe, y es por esta confusión que el periodo clásico estimuló el naufragio de la arquitectura. Nuestro hombre está, por el contrario, munido de dos ojos colocados ante él, a 160 metros por encima del suelo y mirando hacia adelante… Munido de sus dos ojos y mirando hacia adelante, nuestro hombre camina, se desplaza, se ocupa de sus quehaceres, registrando así el desarrollo de los hechos arquitectónicos aparecidos uno a continuación del otro…”

A finales de los años 40, cuando era estudiante de arquitectura, Teodoro González de León se apasionó con los libros que había publicado Le Corbusier y leía en la Biblioteca de la San Carlos. Así, en 1947, el arquitecto José Villagrán García lo recomendó para obtener una beca del Gobierno de Francia en la Escuela de Bellas Artes, con el objetivo de conocer y, si era posible, trabajar con el famoso personaje, lo cual consiguió y trabajó durante 18 meses en su taller, donde colaboró en la concepción de una de las primeras piezas del funcionalismo, L´Usine Duval y la Unité d´Habitation de Marsella, enorme bloque de viviendas de hormigón, cuya influencia se dará después en la concepción de González de León en sus conjuntos habitacionales.

 

Teodoro González de León ha expresado que de Le Corbusier aprendió que la arquitectura se hace en silencio. ¿Cómo conoce al arquitecto?

Cierto día, llegué al estudio de Le Corbusier, situado en el segundo piso del número 35 de la Calle Sévres, era una puerta vieja de un convento jesuita del Siglo XVIII, donde estaba colgado un pequeño letrero en cartón que decía: “Le Corbusier, al fondo del corredor”. Recuerdo que al abrir la puerta, entré a un corredor obscuro y pensé: “No es posible que aquí se haya concebido el movimiento moderno de arquitectura”. Fue un shock porque yo venía de los despachos elegantes que tenían en la ciudad capitalina Carlos Obregón Santacilia en la calle de Londres, Carlos Lazo en la calle de Tabasco y Mario Pani en Reforma, frente a la escultura de la Diana Cazadora de Juan Fernando Olaguíbel.

Sólo llegué, toqué la puerta, pedí trabajo y me lo dieron. En ese momento llegaba a Le Corbusier su primer encargo después de la guerra (durante la guerra por supuesto cero trabajo): un edificio en Marsella. Entonces él tenía integrado en su taller de pintura un taller de ingeniería -fíjese que curioso, fue por donde empezamos nuestra charla-, porque quería recuperar la forma en que se hacía la arquitectura en la Edad Media y le llamó “Taller de Constructores”, y eliminaba el nombre de arquitectos e ingenieros, e integró la sección de ingeniería con todas las hidráulicas de cálculo y diseño de estructuras y eléctricas en una parte de su taller y la sección de arquitectura en otra.

Tenían necesidad de mucha gente y me pusieron en la sección de ingeniería que manejaba un ingeniero francés maravilloso, descendiente de polacos y rusos, y me pusieron a trabajar con él. Yo dibujaba bastante bien, me dieron a dibujar un plano de armados de concreto de varillas y lo hice como un dibujo chino, con una gran finura, entonces pasó Le Corbusier y al ver mi plano dijo: “pásenmelo a la sección de arquitectura”. Sólo duré cinco días en la sección de ingeniería y pasé inmediatamente a la de arquitectura y estuve 18 meses en su taller.

Fue una inolvidable y gran experiencia el ver trabajar a una persona que uno considera el maestro que está produciendo la arquitectura del momento. No es la escuela, en la escuela el maestro finge que hace arquitectura, en cambio trabajar en la realidad con alguien es la verdadera educación, porque además la arquitectura es un oficio como el de pintor, aprendes de maestro a aprendiz, ¡esa es la más profunda educación!, se puede ver como el tipo duda, no tiene de repente ideas y se queda uno o tres meses con unívoco, sin poderlo modificar.

Esas dudas son las que enseñan, el silencio, cómo se crea en silencio, es muy importante; esa presencia, las pequeñas sugerencias que hacen esto: “cámbiele aquí, mire…”, las dudas profundas todo el tiempo, porque la creación es duda constante, sobre todo en la arquitectura, donde uno tiene siempre que comprobar sus concepciones para ver si sirven, hay que confrontarlas con un programa, con el sitio y con el clima en donde está, y en esas confrontaciones vienen dudas infinitas, además de las puramente plásticas.

 

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Fotografía de Willy Rizzo

 

¿Le gustaba ver trabajar a Le Corbusier?

No es que me gustara, estaba uno metido a fondo desde las ocho de la mañana a ocho de la noche, con una hora para comer, ese era nuestro horario, y cuando queríamos salir antes Le Corbusier nos decía: “´¿Para qué salen muchachos? ¡París es triste! ¿A dónde van?”-sonríe-.

¿Qué enseñanzas y nostalgias tiene de esa relación?

Estábamos en 1947, habían pasado solamente dos años después de la Segunda Guerra Mundial. Los alimentos estaban racionados, teníamos tickets para comprar todo: pan, leche, etc. Había pocos coches en París, que al mismo tiempo era precioso. Caminábamos en las calles, por el arroyo del Boulevar Saint Michelle, recuerdo que se hacía uno al lado cuando pasaba un automóvil, así era el París que yo conocí.

Le Corbusier era serio, más bien triste, y lo importante fue verlo trabajar, concebir un edificio, sacar una idea, ver el tiempo que eso tarda, como se deshace, se vuelve a hacer una idea, se deshace un dibujo y se vuelve a la primera idea o ésta queda arrumbada. Eso es lo que guardo de Le Corbusier, quien practicó el oficio en forma profunda, y es la lección que recomiendo a los estudiantes: que pasen lo más rápidamente posible en las escuelas y adquieran su educación profunda en la realidad con alguien que les interese, crear en arquitectura es un oficio… ¡La arquitectura es un oficio que se aprende viendo y viviendo las obras reales…!

[DIRECTUM TSJCDMX Nov – Dic  2016]

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