MARCELINO CEREIJIDO 

 

“Si en la actualidad se gastan millones de dólares para investigar todo tipo de enfermedades, ¿por qué nadie se ha detenido a seguir la pista de uno de los peores males que acosan a la humanidad?”. 

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Marcelino Cereijido cultiva el género ensayístico. “Cualquier día en cualquier ciudad usted abre un periódico, en cualquier página, y se va a dar cuenta que en el 90% de las desgracias que le ocurren a los seres humanos se deben a lo que no podemos dejar de calificar como hijos de puta. Parecería una intolerable grosería manejar estos términos, sin embargo, la ciencia no se amedrenta: toma tanto a la hijoputez, y al por qué se la designa de manera tan soez, como si se tratara de un tema tan deleznable como la lepra y los genocidios. Toma todo lo que sea información y pistas para analizarla”. Su libro de ensayo Hacia una Teoría General Sobre los Hijos de Puta, publicado por TusQuets, no sólo trata ese tema, sino que trata de destilar la hipótesis y los enfoques que nos encaminen hacia soluciones y mejoras, como si se tratara de la más cruel epidemia. 

“Creo que el error principal en el enfoque de la hijoputez es tomarla como algo cultural. No es así. Esta entrevista es en castellano, si usted fuera japonesa y yo japonés, y la entrevista fuera en Japón, estaríamos hablando en japonés porque el idioma es algo cultural; en cambio usted duerme, yo duermo, los japoneses duermen, Benito Juárez dormía, entonces el sueño es algo natural, biológico, ahora: si duermes, en el piso, con almohada, en una cama colgante, ya es cultural”. Cabe entonces la pregunta, ¿la hijoputez es cultural o tiene raíces biológicas? Así es, los organismos tenemos genes que se activan o silencian con base al requerimiento de programas genéticos”. 

Si un león tiene hambre, no va a decir: pobre gacela, además tiene que alimentar a sus crías, mejor comeré pasto. ¡No es así, la evolución del león lo ha venido desarrollado a lo largo de millones de años, de modo que no puede evitar matar gacelas y comérselas!”. 

Entonces, la primera conclusión es que nosotros tenemos el hijo de putez en nuestros genes, pero no hay un gen que lo haga hijo de puta. Si usted va con un pianista y le pregunta: ¿cuál es la tecla para tocar la sonata Appassionata de Beethoven?, contestará: “son todas éstas…”, ¿y para tocar la sonata Claro de Luna?, “¡Pues también necesito las mismas teclas!”. Lo mismo sucede con la Sonata Patética. Sí, porque lo que cuenta es la partitura. Análogamente, dado que la hijoputez tiene una base genética, no puede depender de uno o unos pocos genes, sino que hay partituras genéticas que se activan en las circunstancias adecuadas.  

Cuenta Marcelino que por su profesión tiene que viajar y conocer gente de distintos lugares del mundo: Siempre en los congresos, cuando voy a cenar con colegas extranjeros les pregunto: ‘¿Cuál es la peor ofensa en su idioma?´ Fueran mis colegas de Bélgica, Italia, Holanda, China, el peor insulto resultaba ser “hijo de puta” o un equivalente muy cercano. Todos los pueblos curiosamente lo eligen como insulto. Tanta universalidad, que se hunde además en el pasado remoto, tiene que tener una causa biológica y estar asociada a los genes. Eso nos tiene que dar alguna pista científica. 

Vayámonos dos mil años atrás, en momentos en que la gente se basaba en la Teología, y alguien preguntaba: ¿el Universo lo hizo Dios? ¡Por supuesto! ¿Y es todo bondad y sabiduría? ¡Así es! ¿Y entonces, por qué hizo el cáncer, la lepra, las hambrunas, los terremotos, las pestes? Él lo hizo perfecto, pero el Diablo metió la cola. ¿Pero… no es acaso todopoderoso? ¿Quiere decir que aquí tenemos un padre que ama a su bebé y lo ve morir de leucemia, porque así lo quiere el Diablo, y Dios es impotente para detenerlo? Concluyo que no es tan bondadoso ni todopoderoso como veníamos suponiendo. Es decir, se llegaba a absurdos teológicos.  

¡Eichman era un burócrata cualquiera, si en vez de haberlo puesto a matar  judíos lo hubieran puesto a dirigir el correo quizá no hubiera pasado de vender estampillas!, de ahí se concluye que para ejercer  la maldad, a un ser humano normal, sólo le hacen falta  dos cosas: que tenga en potencia la capacidad de hacer algo y que las circunstancias lo propicien. 

Otro ejemplo es el de la guerra entre croatas y serbios: castraban, violaban, incendiaban, arrojaban bebés a una caldera. Usted pregunta: ¿antes de la guerra estos tipos dónde estaban?, ¿en jaulas? No, era el señor que vende pescado, el que vende flores en la esquina, el electricista, el barrendero, pero cambiaron las circunstancias. ¡Ah caray! ¿Así de poderosas son las circunstancias? Entonces la  investigación sobre la hijoputez puso el énfasis sobre las circunstancias. 

También el libro del psicólogo Philip Zimbardo, El efecto Lucifer describe la historia de un famoso experimento de psicología social: el experimento carcelario de Stanford, donde dividió a los voluntarios al azar, revoleando una moneda. A unos los puso de prisioneros y a los otros de carceleros. Bastaron esas circunstancias para que estos se pusieran a maltratar y torturar a los primeros. Con base en dicha experiencia Zimbardo se pone a buscar situaciones reales, para ver si condicen con sus hallazgos con sus alumnos. 

Zimbardo fue a Guantánamo, y fue como si hubiera pedido permiso para visitar el infierno. Vio que quienes estaban torturando eran chicas y muchachos que hacían su servicio militar y que en vez de mandarlos quizá a trabajar de telefonistas, o a integrar un escuadrón encargado de las honras fúnebres en un cementerio militar, los mandaron a Guantánamo a torturar… ¡Y así lo hicieron! 

Destaca Cereijido que, si pensamos en el Alzheimer, la lepra, las enfermedades cardiacas, el cáncer, todas las enfermedades juntas no causan ni la milésima parte de los sufrimientos que nos provoca la hijoputez; entonces todo lo que digo es estudiémosla, pero estudiémosla de verdad. Todos somos hijos de puta en potencia pues lo tenemos impreso en nuestros genes, depende de las circunstancias que nos activen el programa genético adecuado. 

Recientemente leí en el diario La Nación de Buenos Aires, que un tipo de 38 años tenía una novia de 44 y se pelearon, el hombre se enfureció tanto que la cortó en pedazos, puso un pie en el horno, otro pie en el botiquín, las  rejas en el dormitorio, la cabeza  por otro lado, llenó la casa con  todas las partes de su cuerpo y después fue a buscar a la policía a denunciar su propio crimen. Daba como explicación: ¡Sí, se me fue la mano, pues!

 

[DIRECTUM TSJCDMX Dic 2015 – Ene 2016]

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