VICTOR HUGO RASCÓN BANDA / entrevista de Luz García Martínez

 

[…] Dentro de la novela está también “Guerrero Negro”, obra de teatro que se iba a montar sobre el “Narco de Narcos”, el sinaloense Rafael Caro Quintero. Fuimos a visitarlo a la cárcel, estaba feliz de que hiciéramos la obra sobre su vida, pero nunca se hizo. Recuerdo que nos mandó preguntar dónde estaba su obra, el por qué lo engañamos y nunca se estrenó”.

“Contrabando de eso y otras historias terribles que me pasaron con los narcotraficantes de mi zona. Silvia Molina me la pidió y me dijo: ¡Rascón, es maravillosa, déjame corregirte!”, porque tenía errores de máquina, de ortografía y sí, ella personalmente la corrigió”.

¿Qué emociones o sensaciones le produjo estar frente a Rafael Caro Quintero, un personaje legendario, público, polémico?

“Es un personaje realmente interesante. Yo, como abogado, no lo vi como tal, lo vi como escritor. Era un joven en ese momento, fuerte, bien parecido, que había caído de la gracia de los gobernantes y de los capos y, bueno, de haber sido atrapado en una relación amorosa maravillosa que yo estilicé, en lugar de Guadalajara con Sara Cristina Cosío Viaurri, la ubiqué en Guerrero Negro y ella, al final, se negaba a irse con él, era el final que yo le ponía, era la historia de los dos y a él le gustó muchísimo su personaje. Y puse a una gitana que era su madre y a un judicial que lo perseguía y representaba a la Procuraduría General de la República (PGR). A mí me conmovió, me conmueven las personas en la cárcel, claro, no pederastas como Villanueva, ¡este pillo que no quiere que lo extraditen!, pero otros que por hambre, por no tener que comer y no tener padres, tienen que delinquir porque el barrio, la colonia, el rancho los obliga a ello, no tienen educación, no tienen familiares, no tienen amigos que los aconsejen, son producto de la sociedad”.

“Siempre he creído que de la mayoría de los que están en la cárcel, que matan o roban y que son de clases sociales bajas o pobres, nosotros somos los culpables de que estén ahí porque no les dimos oportunidad, no les dimos una familia estable, no les dimos educación primaria siquiera, no les dimos una formación. La iglesia también los descuidó. La iglesia hace años -o siglos- que no cuida a los fieles como los cuidaba en otras épocas y, entonces, son seres que tienen que sobrevivir y se van por el camino equivocado”.

“A mí me conmovió haber conocido al joven Caro Quintero, ahora que lo veo en las fotos, ya viejo, con el pelo blanco, gordo, no se parece a aquél galán de antaño, ¡era un galán de cine en esa época! Digo, bueno… lo que hace la cárcel, lo que habrá aprendido, ¿verdad?, donde hay más drogas adentro, que afuera, y ese hombre ya no va a poder incorporarse a la sociedad si hubiera sido rehabilitado como debe ser con los delincuentes”.

[…]

 

¿Por qué el tema del narcotráfico?

Es un tema que nos compete, primero a los del norte porque es una de las zonas más conflictivas; segundo, porque permea a la sociedad vulnerándola. Es una enfermedad social difícil de extirpar y sin embargo, ningún escritor de literatura ni de poesía toca esos temas, tiene que venir un extranjero llamado Pérez Reverte para decir: ‘oigan, miren que maravillosas fuentes de creación tienen’ y escribe La Reina del Sur y contrata dos escritores de Sonora para que le hagan los diálogos porque él no domina ese lenguaje y se lleva a “Los Tigres del Norte” y los hace estrellas cuando aquí los despreciamos como música de los pobres, de los rancheros o de los narcos.

No hay un solo poeta, un pintor, un cineasta que se ocupara de esto, solamente las películas de Mario Aldama y los ‘video homes’. Cuando hice la primera obra de teatro sobre este tema que fue Contrabando,fue un orgullo presentar en escena a ‘Los bandoleros del Norte’ (un grupo norteño parecido a ‘Los Tigres’) y dos mujeres del norte, Angélica Aragón y Luisa Villarreal, y una del sur que hablaba también como del norte, Angelina Peláez.

Llevar esta obra al escenario fue el tema de una realidad que entonces ni siquiera se veía en los periódicos ni en la televisión, ahora vemos las cabezas rodar en las discotecas, los ajusticiamientos en la televisión casi en vivo, hay dos sitios de narcos en Internet, donde uno puede ver sus actividades.

Por fortuna varios dramaturgos del norte y de Cuernavaca están escribiendo textos maravillosos. Tengo un taller en Cuernavaca y de ahí salieron tres obras que van a marcar el teatro con esta temática en esta década, una es de Alejandro Román Baena y versa sobre las cuatro cabezas que rodaron en un antro que se llama Cielo Rojo, acaba de ganar el Premio Nacional de Dramaturgia UANL 2006, Emilio Carballido. Éste mismo muchacho escribió La misa del gallo, referente al asesinato de Valentín Elizalde, y Tierra caliente, sobre la masacre de Apatzingán. Me da tranquilidad saber que la dramaturgia recoge el fenómeno social, qué bueno que el narco está contaminando el teatro, porque también el teatro se puede alimentar de esta pesadilla.

 

No hay día en que no se presente la violencia a través de cualquier medio y expresión, la vemos ya como algo normal y cotidiano.

Por eso el teatro debe mostrar como lo hizo el teatro griego, que esas cosas que parecen normales son extraordinarias y que hay que reflexionar sobre ellas para evitarlas. Cuando los griegos presentan a Medea matando a sus hijos, a Edipo acostándose con su madre o a Electra asumiendo la venganza por la muerte de su padre, lo que hacían era una catarsis, estaban diciendo: observen, miren, reflexionen a lo que llevan los vicios de carácter, los errores trágicos.

El teatro que nos distancia del fenómeno y lo vuelve arte, nos ayuda a comprender mejor los sentimientos, las motivaciones, las razones y las sinrazones. Existen 18 obras sobre las muertas de Juárez, si las publicáramos nos darían las respuestas que no ha dado la Procuraduría General de la República, ni la procuraduría de Chihuahua, ni el gobierno del municipio de Ciudad Juárez.

El teatro cumple una función social cuando se ocupa de estos temas y comparte sus preguntas con el público. El teatro hace preguntas, no da respuestas, y si el público cuestiona puede reflexionar y no recibir pasiva e insensiblemente la avalancha de la violencia: descabezados, violadas, torturados, niños secuestrados, pederastas; el arte es el único que nos puede provocar sentimientos de horror frente a estas cosas.

El horror, decía Argüelles, era lo que provocaba la tragedia de los griegos, cada tragedia provocaba el horror de eso que sucedía ante nuestros ojos para poder entender el fenómeno. No tenemos conciencia del horror porque lo vemos, lo oímos, nos hemos acostumbrado y nos volvemos indiferentes. Si lo vemos a través del arte adquiere otro sentido…

[DIRECTUM TSJCDMX Nov – Dic  2016]

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